miércoles, 18 de octubre de 2017

PRIMERA MESA DE MIGRACIONES: NUEVA GRAMÁTICA MIGRATORIA, POR JOSÉ LUIS ALBARES









APPI: una nueva gramática migratoria.
Cuatro ejemplos bíblicos
Ponenete: José Luis Albares

MESA DE MIGRACIONES
Delegación Diocesana de Migraciones
SIGÜENZA-GUADALAJARA

10 de octubre de 2017

ACOGER, PROTEGER, PROMOVER, INTEGRAR. El pasado 21 de febrero de 2017, en un discurso a los participantes en el Foro Internacional sobre «Migraciones y Paz»1, el papa Francisco ya propuso estos cuatro verbos que forman la espina dorsal de su mensaje para la próxima Jornada Mundial del Migrante y del Refugiado (14 de enero de 2018): «Aco-ger, proteger, promover e integrar a los emigrantes y refugiados»2. En este mismo mensa-je, el papa alude a la contribución que la sección «Migrantes y Refugiados» del Dicaste-rio para el Servicio del Desarrollo Humano Integral ha ofrecido para la redacción, nego-ciación y adopción, a finales de 2018, de dos Global Compacts en la ONU3.
Permitidme, en primer lugar, hacer unas divagaciones gramaticales (que todos conoce-mos) a modo de introducción, para después, en un segundo momento, ilustrar cada uno de esos cuatro verbos con algún texto bíblico que nos ayude a profundizar en su sentido.

GRAMÁTICA MIGRATORIA

 La definición clásica de verbo dice así: ῥῆμά ἐστι λέξις ἄπτωτος, ἐπιδεκτικὴ χρόνων τε καὶ προσώπων καὶ ἀριθμῶν, ἐνέργειαν ἢ πάθος παριστᾶσα4. Creo que ese es un primer detalle significativo: se nos proponen cuatro acciones, estamos en el ámbito de la praxis y no del simple eslogan o de las tertulias estrella de televisión.

 Cuatro verbos. En la flexión verbal, uno de los rasgos expresados por la desinencia es el de la persona, que puede ser: primera, segunda o tercera. Pues bien, en el ya citado discurso al Foro Internacional sobre «Migraciones y Paz», Francisco dice: Creo que conjugar estos cuatro verbos, en primera persona del singular y en primer persona del plural, represente hoy un deber, un deber en lo relacionado con los hermanos y hermanas que, por diferentes razones, están forzados a dejar el propio lugar de origen: un deber de justicia, de civilización y de solidaridad.
Es decir, no podemos quedarnos con la simple enumeración de esos cuatro infinitivos («acoger, proteger, promover, integrar»), porque el infinitivo corresponde al grupo de las «formas no personales del verbo»5. Como dice el texto, hemos de comenzar a con-jugarlos: «yo acojo-nosotros acogemos, yo protejo-nosotros protegemos, yo promue-vo-nosotros promovemos, yo integro-nosotros integramos».

 Pero hay que dar un paso más. El papa afirma que conjugar esos cuatro verbos en primera persona (singular y plural) representa hoy «un deber». Sin embargo, en el ejemplo, hemos conjugado esas formas en el presente (podríamos haberlo hecho tam-bién en futuro simple) del modo indicativo, un modo que expresa certeza, realidad, actualidad u objetividad6, nunca deber.

 Debemos, por tanto, cambiar el modo (indicativo) por lo que la nueva Gramática lla-ma «modalidad de la enunciación»7. Una de estas modalidades corresponde a los enunciados imperativos, construidos de forma característica con un verbo en modo imperativo. Según la Gramática, el modo imperativo está constituido morfológica-mente por dos tipos de formas verbales: las «formas exclusivas del modo imperativo» (en segunda persona) y las «formas compartidas por el imperativo y el subjuntivo» (en primera y tercera personas)8. La gramática clásica –hebrea, por ejemplo– habla de modo cohortativo para referirse a las formas verbales de primera persona singular o plural con sentido imperativo9.

 Recapitulo ahora estas sencillas reflexiones gramaticales. Nuestros cuatro verbos (acoger, proteger, promover, integrar) se presentan como…: 
          o Todo un programa de acción pastoral. 
          o Cuyas tareas hemos de hacer nuestras en primera persona, individualmente (singular) y como comunidad, parroquia, diócesis e Iglesia (plural).
         o Tareas que no son indicativas u opcionales, sino que, al menos en el momento presente, son un imperativo moral insoslayable hacia nuestros hermanos y hermanas que, por diferentes razones, se han visto forzados a dejar su propio lugar de origen.


CUATRO TEXTOS BÍBLICOS
Como, según el programa que se nos ha facilitado, la próxima sesión de nuestra Mesa (12 de diciembre) se ocupará específicamente del mensaje para la Jornada Mundial del Mi-grante y del Refugiado y de nuestros cuatro verbos, imagino que ese día se nos invitará a una reflexión más sistemática y profunda sobre el sentido de acoger, proteger, promover e integrar a emigrantes y refugiados. Por mi parte, quisiera ahora solamente ilustrar con sendos textos bíblicos esas cuatro acciones, con el fin de caer en la cuenta de la rica fun-damentación bíblica de este programa pastoral que se nos plantea.

ACOGER
Son muchos los lugares en los que la Biblia nos habla de «acoger» (δέχομαι). Tal vez uno de los más emblemáticos son las palabras de Jesús: El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí (Mc 9,37; Mt 18,5; Lc 9,48).
- La acogida, especialmente la acogida a los niños, es un «camino seguro que conduce a Dios»10. ¿En qué consiste ese camino? Según las palabras de Jesús, tiene una doble vertiente: hacerse como niños y acoger a los niños. Así lo dice en el evangelio según Mateo: Si no os convertís y os hacéis como niños, no entraréis en el reino de los cie-los. Por tanto, el que se haga pequeño como este niño, ese es el más grande en el reino de los cielos. El que acoge a un niño como este en mi nombre me acoge a mí (Mt 18,3-5).
- ¿Qué significa hacerse como niños? Si observamos detenidamente el texto, vemos que se inserta en una escena en la que los discípulos están discutiendo sobre quién es el mayor en el reino de los cielos (Mt 18,1) o el más importante del grupo (Mc 9,34; Lc 9,46). Y entonces Jesús dice que hay que hacerse como niños. ¿Qué es lo específi-camente característico de los niños?
         o La lista de teóricas respuestas podría llegar al infinito: la inocencia, la dulzura, la sencillez; no son orgullosos; están exentos de maldad; siguen al padre y aman a la madre; no discuten con los maestros; son modestos; confían en sus padres; en ellos residen los gérmenes de todas las virtudes, de todas las posibi-lidades; son piadosos y alegres; son un dechado de inocencia y amor; están abiertos a aprender nuevas cosas…
       o Pero no: no es ninguno de esos el sentido que pretende Jesús. Cuando él habla del niño, está hablando del miembro más débil de su sociedad: el niño es el in-significante, el carente de poder, el débil, el que vive en malas condiciones.
    o Y a esa altura quiere el Señor que nos pongamos: hacernos pequeños-pobres-humildes (ταπεινόω: Mt 18,4); hacernos los últimos de todos y servidores de todos (ἔσχατος y διάκονος: Mc 9,35); hacernos el más pequeño (μικρότερος: Lc 9,48). En definitiva: invertir los criterios mundanos y abrazar la baja posición, la pobreza, la humildad y el servicio.
     o Solo desde esa posición podemos pasar a la segunda fase: acoger sin ningún resabio de superioridad, paternalismo, aprovechamiento... Y acoger «en nom-bre de Jesús», sabiendo que lo estamos acogiendo a Él (cf. Mt 18,5).


→ ¿Cuál podría ser el verbo –y la actitud– contrario a este «acoger»? ¿Nos suena algún estribillo de la opinión pública o algún comportamiento social que refleje esta anti-actitud?
→ ¿Puede alguien poner algún ejemplo de «acoger» en primera persona (del singular)?
→ ¿Cómo nos sonaría ese dicho de Jesús (El que acoge a un niño como este en mi nombre, me acoge a mí) si cambiáramos «niño» por «migrante»? ¿Sería un cambio legítimo?


PROTEGER
La acción de «proteger», en la Biblia, tiene mucho que ver con la «mano de Dios» y con su providencia (Sal 10,12; 18,17; 31,6.16 [Lc 23,46]; Sal 80,18; 108,7). Pero me gustaría orientar vuestra mirada a otro campo: la legislación bíblica sobre los emigrantes.
- Es evidente que las leyes de la Biblia, como todas las leyes justas, tratan de alcanzar la igualdad en derechos y deberes entre nativos e inmigrantes. La legislación bíblica es pionera entre los pueblos antiguos. En la Ley de Santidad (Lev 17-26), el código de leyes más reciente del AT, no solo se enuncia el principio de la igualdad ante la ley, sino que se fundamenta en la autoridad divina (Lev 24, 22; cf. Núm 15,15-16)11.
- Pero hay también un aspecto que nos ayuda a entender el carácter particular de la ley bíblica al respecto. Se trata de la protección especial que debe existir en base a la pre-cariedad de la situación de los inmigrantes. En los códigos bíblicos encontramos dos tipos de recomendaciones que apuntan a esta protección específica de los emigrantes:
          o Hay leyes negativas que pretenden poner coto a los abusos: «No maltratarás ni oprimirás al emigrante, pues emigrantes fuisteis vosotros en la tierra de Egip-to» (Éx 22,20). Otra ley negativa pertenece al Código Deuteronómico, más re-ciente, y afecta a los derechos esenciales de la persona, los que más fácilmente son pisoteados cuando se trata de un débil: «No explotarás al jornalero, pobre y necesitado, sea hermano tuyo o emigrante que vive en tu tierra, en tu ciudad… No defraudarás el derecho del emigrante y del huérfano ni tomarás en prenda las ropas de la viuda» (Dt 24,14.17).
         o Junto a esas prohibiciones hay también recomendaciones positivas. Así, en la ley del descanso sabático se menciona explícitamente al emigrante (Éx 23,12), incluso en el propio decálogo (Éx 20,10; Dt 5,14). El extranjero se beneficia también de las medidas destinadas a ayudar a los desprotegidos, como el lla-mado «derecho de rebusca» (Lev 19,9-10; 23,22; Dt 24,19-22). Finalmente, el Código Deuteronómico habla de un diezmo trienal voluntario cuyo objetivo es ayudar a los económicamente débiles por no haber participado en el reparto de la tierra (Dt 14, 28-29; 26, 12-14; pero cf. Tob 1,8).

→ ¿Cuál podría ser el verbo –y la actitud– contrario a este «proteger»? ¿Nos suena algún estribillo de la opinión pública o algún comportamiento social que refleje esta anti-actitud?
→ ¿Hay discriminación positiva en nuestras leyes? ¿Debería haberla?
→ ¿Hay discriminación positiva en nuestros comportamientos? ¿Debería haberla?


PROMOVER
Me atrevería a decir que, en la Biblia, el pequeño libro de Rut representa, por un lado, una perfecta radiografía del fenómeno de las migraciones y, por otro, el gran manifiesto a favor de la promoción de las personas que deben emigrar, en todo tiempo y lugar.
- Hay una primera cara –la de la emigración–, un primer análisis de la desventura que supone tener que emigrar. Dice así la Biblia Joven, comentando Rut 1,2:
«Poner cara a los personajes de esta historia nos ayuda a entrar en la vida de las familias que deben emigrar y a contemplar el fenómeno de las migraciones con sus propios ojos. Elimélec («mi Dios es rey») y Noemí («dulzura»), junto con sus dos hijos, Majlón («debilidad») y Kilyón («agotamiento»), se ven obliga-dos a emigrar desde Belén («casa del pan»: ¡qué ironía!) a la región de Moab, al otro lado del mar Muerto. Allí los hijos se casarán con sendas mujeres del país: Orfá («que vuelve la espalda») y Rut («amiga»). Al final, de los seis per-sonajes mencionados, quedan solamente las tres mujeres, pero viudas y sin hi-jos. Orfá se quedará en Moab, su tierra, mientras que Noemí y Rut se vuelven a Belén. El dolor y la amargura se vuelven más profundos que al comienzo: a la situación de hambre y emigración se añaden la pérdida de vida y la falta de fu-turo. ¿Conoces en tu entorno algún caso parecido?».
- Pero hay también un segundo aspecto mostrado: el de la inmigración. En Rut 2 se narra el primer encuentro entre Booz y Rut: él no la conoce de nada; el texto tampoco dice que Rut fuera especialmente notable físicamente (cf. Jdt 8,7; Est 2,7). Pero, cuando a Booz le explican que se trata de una extranjera, le facilita el trabajo y las condiciones de descanso (Rut 2,8-9). Evidentemente, Rut se extraña: «¿Por qué te in-teresas con tanta amabilidad por mí, que soy simple extranjera?». Y Booz hace gala de un comportamiento ejemplar de cara a promover la integración y el futuro de esa «simple extranjera»:
         o Admira la grandeza y la fortaleza de una persona que ha sido capaz de dejar su patria y su familia (Rut 2,11-12a).
           o Un comportamiento que no puede menos que confortar a la mujer inmigrante (Rut 2,13).
         o Pero Booz no se queda en palabras y admiración: se auto-designa como dele-gado de Dios para que el favor divino llegue a la mujer moabita (Rut 2,12b; cf. 2,14-16).
→ ¿Cuál podría ser el verbo –y la actitud– contrario a este «promover»? ¿Nos suena al-gún estribillo de la opinión pública o algún comportamiento social que refleje esta an-ti-actitud?
→ ¿No parece que el fenómeno de las migraciones se ve solo desde esta parte del pro-blema (desde quien recibe inmigrantes), ignorando la historia que comenzó cuando esa persona decidió salir de su casa y de su patria? ¿Cómo sacar a la luz esta realidad?


INTEGRAR
Hay un texto antológico que ilustra a la perfección esta actitud:
«[Cristo] es nuestra paz: el que de los dos pueblos ha hecho uno, derribando en su cuerpo de carne el muro que los separaba: la enemistad. Él ha abolido la ley con sus mandamientos y decretos, para crear, de los dos, en sí mismo, un único hombre nuevo, haciendo las paces. Reconcilió con Dios a los dos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz, dando muerte, en él, a la hostilidad. Vino a anunciar la paz: paz a vosotros los de lejos, paz también a los de cerca. Así, unos y otros, podemos acercarnos al Padre por medio de él en un mismo Espí-ritu. Así pues, ya no sois extranjeros ni forasteros, sino conciudadanos de los santos, y miembros de la familia de Dios» (Ef 2,14-19).
- Al escribir esto, Pablo tiene en su memoria, sin duda, la valla que existía en el templo de Jerusalén y que separaba a los paganos de los judíos (es decir el Atrio de los genti-les del llamado Atrio de las mujeres)12. Pero, más allá de esta valla, ¿a qué muro se re-fiere Pablo?
- Pablo está aludiendo a «la enemistad» (Ef 2,14) creada por las diferencias planteadas en base a la Ley (Ef 2,15), que era la seña de identidad judía. Al acabar con esa hosti-lidad, Cristo consiguió reconciliar a todos los pueblos con Dios en un solo cuerpo. Ahora todos pertenecemos a la misma ciudad y a la misma familia (Ef 2,19). Y esto no simplemente porque pertenecemos a la misma raza humana descendiente del único Adán; todos nosotros hemos sido divinizados por el Hijo de Dios, que ha entrado en la historia y quiere salvar a toda la humanidad y no solamente a algunos privilegiados, transformándonos a todos en hijos de Dios13. El vínculo de esta unidad es el más fuer-te e indisoluble que se puede pensar desde la fe: todos somos una sola persona, que es el Cuerpo de Cristo:
          o Rom 10,12: No hay distinción entre judío y griego.
         o Ef 2,14.16: De los dos pueblos ha hecho uno, derribando en su cuerpo de carne el muro que los separaba […]. Reconcilió con Dios a los dos, uniéndolos en un solo cuerpo mediante la cruz.
          o Gál 3,28: No hay judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer, porque todos voso-tros sois uno (masculino, no neutro) en Cristo Jesús.
         o Col 3,11: No hay griego y judío, circunciso e incircunciso, bárbaro, escita, esclavo y libre, sino Cristo, que lo es todo, y en todos.


→ ¿Cuál podría ser el verbo –y la actitud– contrario a este «integrar»? ¿Nos suena algún estribillo de la opinión pública o algún comportamiento social que refleje esta anti-actitud?
→ ¿Qué diferencias hay entre integración y tolerancia? ¿Cómo integrar en primera per-sona (del plural)?
→ ¿Existen guetos en nuestras ciudades y pueblos?


JOSE LUIS ALBARES.
Licenciado en Sagrada Escritura (PIB, Roma)
Editor de la Editorial Verbo Divino

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